Usted está aquí

05/01/2020

Programa O'Cambalache: ayuda para las más vulnerables

EuropaSur

En el piso en el que trabaja Gabriela (nombre ficticio), el trasiego de gente es constante, pero eso no alivia uno de sus males: la soledad. “En la prostitución –explica– no tienes a nadie, es una vida muy solitaria. Tienes compañeras, no son amigas. Tu familia no está”. Esa soledad es la única compañía que esta mujer ha encontrado ante enfermedades, ataques de ansiedad o el abrumador sistema burocrático de un país que no conocía, al que ha llegado en su intento de buscar una vida mejor. Una dura realidad a la que se hace frente en el programa O’Cambalache de la Fundación Cruz Blanca, planteado para acompañar (ese es el verbo que subrayan sus integrantes) a las mujeres en situación de prostitución y ofrecerles apoyo psicológico, sanitario o administrativo y ayuda a la inserción y búsqueda de empleo.

Este programa se desarrolla en los municipios en los que la Fundación tiene presencia. Desde Algeciras cubre todo el Campo de Gibraltar y en el año 2018 (último dato disponible) atendió a 68 mujeres. “Tratamos de crear un vínculo, actuar como mediadoras para que las mujeres puedan acceder a los recursos de todo tipo que tienen tanto Cruz Blanca como el resto de instituciones y administraciones. Vamos detectando las necesidades y planteando soluciones”, explica Zaira Fernández, coordinadora del programa en Algeciras.

Los servicios más demandados son la prueba del VIH, la tramitación de la tarjeta sanitaria o el empadronamiento y el asesoramiento en los trámites de extranjería. Son el primer paso, por los que llegan a la Fundación, pero a partir de ahí van conociendo otros programas: acompañamiento a consultas sanitarias y urgencias, consejos sobre salud y nutrición, sobre drogas o información sobre ayudas y prestaciones. En algunos casos las mujeres que atienden desconocen cuestiones básicas como que en Andalucía tienen una sanidad universal y gratuita, porque en sus países es de pago. En otros, dónde realizar los trámites para regularizar su situación. Esas son las consultas más básicas.

Pero también muchas demandan apoyo psicológico, explica la psicóloga de O’Cambalache, Gerónima Sierra: “Son mujeres en situación de mucha vulnerabilidad y presentan problemas de ansiedad, depresión, baja autoestima, trastornos del sueño. Son víctimas de violencia y tienen trastornos relacionados con ella”. En muchas ocasiones, además, tienen que llevar una doble vida, sus familias no conocen la realidad. Padecen el estigma de la prostitución.

Ese es el caso de Gabriela, usuaria desde hace tres años del servicio de Cruz Blanca. Llegó joven a España, procedente de un país sudamericano en el que también estaba en situación de prostitución, y se encontró aquí sola, sin conocer Europa y con una deuda de 6.000 euros por el viaje. “Tenía crisis de ansiedad, me daba miedo no poder pagar. Tomaba ansiolíticos, todavía hoy los tengo que tomar”. Atendió hasta a diez clientes por día para poder pagar y en cuatro meses pudo abonar su deuda.

Entonces empezó a trabajar por distintos puntos del país, viajaba de un lado a otro con la angustia de no tener regularizada su situación en España. Llegó incluso a ser detenida y le fue emitida una orden de expulsión. Le robaron. La tristeza ante su situación le llevó a caer en la bebida, acabó enferma. “Y me dije no puedo seguir así, porque me voy a morir”, explica.

En esa intención de mejorar su vida entró en juego Cruz Blanca. Descubrió el servicio en un hospital y sus trabajadoras han estado ahí cuando fue detenida (“no podían hacer nada, pero me escucharon”), para ayudarla con la tramitación del permiso de residencia que por fin ha conseguido, con sus citas médicas, para buscar cursos de formación. O simplemente han sido personas con las que contactar cuando necesitaba a alguien. El siguiente paso para Gabriela sería buscar un trabajo que le permita cambiar de vida, algo para lo que la Fundación también tiene talleres y servicio de asesoramiento.

El de Gabriela es un itinerario modelo del programa O’Cambalache, pero no todas las mujeres llegan a recorrerlo entero; muchas solo demandan un servicio puntual. Aunque al final del camino está la opción de que las usuarias cambien su vida (Cruz Blanca es una entidad abolicionista) “eso es algo que tiene que decidir la mujer. No puedes llegar y cuestionar su vida, primero hay que crear un vínculo y ofrecer opciones”, resalta la psicóloga. Eso supone un paso importante para personas que no las han tenido cerca antes, pero la elección es de ellas.

“Conozco a muchas mujeres que preferirían otra forma de ganarse la vida, pero a las que sus circunstancias personales las han llevado a la prostitución”, explica Zaira Fernández. En el colectivo con el que trabajan hay muchas personas de origen extranjero que tienen cargas familiares en sus países de origen y que ante una situación irregular se han visto abocadas a la prostitución, es el perfil más frecuente de su programa. Pero “no tienen una alternativa real”. Ahí entra en juego su labor de asesoramiento.

El proyecto se encuentra además con la dificultad de trabajar con un colectivo muy cambiante. “Las mujeres que trabajan en clubes se mueven mucho, en la calle se vinculan por más tiempo”, detalla. También son estas últimas las que presentan una mayor vulnerabilidad; a veces se da la doble condición de persona sin hogar y en situación de prostitución. Y también las patologías de salud mental añaden dificultad al servicio de apoyo a estas mujeres: son usuarias que no asisten a las citas concertadas con la administración o el médico, a las que es muy complicado introducir en la red de recursos existentes.

La recompensa llega cuando alguien consigue efectivamente mejorar su vida. Gabriela lo ha hecho: “Ahora llevo una vida más saludable, aunque todavía tengo que tomar pastillas para dormir porque tengo el sueño alterado después de tantos años de forzarme a estar despierta por las noches para ganar dinero suficiente”. Sigue en situación de prostitución, pero haciendo cursos. Y le gustaría viajar a su país para volver a ver a sus padres tras tantos años y a su vuelta, ya con su situación regularizada, poder buscar trabajo, para lo que también tendrá el apoyo de la Fundación. “Ya me enamoré de España y quiero vivir aquí”, sonríe.

Financiadores